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Mujeres inmigrantes también sufren la violencia
Anna Huertas Concepción

El debate sobre la inmigración siempre ha sido uno polarizado. Los defensores de los trabajadores inmigrantes alegamos que las personas que vienen de otros países son parte integral de nuestra economía. Sus detractores los tildan de invasores, vagos y criminales. Sus defensores sabemos que son merecedores de los derechos básicos: agua, comida, vivienda y servicios de salud. Sus detractores alegan que proveerles dichos servicios es promover su entrada ilegal e imponerle una carga al contribuyente. Emigrar es difícil para cualquier persona. Significa dejar atrás su familia, sus amigos, país natal, para ir a lo desconocido y enfrentar todo tipo de vejaciones y necesidades. Las mujeres inmigrantes no sólo sufren las mismas problemáticas que sufren los hombres, largas jornadas de trabajo por una paga miserable y constante persecución, sino que enfrentan otras dificultades motivadas por el discrimen por razón de género. Las mujeres inmigrantes comienzan a ser víctimas de violencia desde que comienzan su travesía hacia el “otro lado”.

Una vez alcanzan su destino no termina su odisea. Muchas mujeres son mantenidas trabajando en condiciones cercanas a la esclavitud con la excusa de que le deben dinero a quienes las ayudaron  a entrar al país. Otras, con más suerte, logran incorporarse al mercado subterráneo de trabajo. En estos trabajos se enfrentan a uno de los máximos enemigos de la mujer trabajadora, el acoso sexual. Además del miedo que enfrenta cualquier víctima de acoso a perder su empleo o a ser estigmatizada, la trabajadora inmigrante enfrenta el miedo a ser denunciada por su patrono. Igualmente, muchas tienen que tolerar la violencia de sus parejas o ex parejas, quienes, conociendo su miedo a ser deportadas, les roban el dinero ganado en sus trabajos, las mantienen como esclavas y abusan física y psicológicamente de ellas. Estas valientes mujeres toleran estas condiciones de vida, porque en su mayoría, tienen una familia en su país natal que depende de ellas o, porque de regresar les esperan peores condiciones de vida de las que aquí toleran.

La intolerancia hacia los inmigrantes demuestra una de dos cosas, ignorancia o indiferencia. Como socialistas no podemos tolerar ninguna de las dos. No sólo debemos conocer los problemas que enfrentan las mujeres inmigrantes, sino que debemos conocer sus raíces.